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MI DESPERTAR
MIGUELJOSE


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Cuentos

La fantasía es la realidad de nuestro mundo interior.

EL COMIENZO (OTRO CUENTO) - 7.1.2022

Era un día de ilusión, el sol del mediodía las calles llenaba y limpiaba de esas sombras aún por ocupar. Desde que llegó y de eso hacía cuatro días, la espera se hacía mía, pues todavía no creía que esa ilusión, esa nueva emoción, no contenía. Se hacían largas las horas y, desde que amaneció, el pensamiento de una llamada, que no por inesperada, me indicaba que no llegará, aunque al fina llegó.

Más que mal memoria la mía, si me dijo donde decía y no entendí yo porque por más que entendía, no entendí pues. Y el brillo en el cielo, ese brillo del Sol que dejaba su calor, le hablaba a la naturaleza, a una hilera tan larga de árboles retoñados y, calculadamente, colocados, flores de colores, de esos siete colores tan preciados, como si de un arco iris saliera, pero que os las describo aquí. Era un lugar del pueblo, un lugar de paseo, un lugar muy bello, que por bello los hombres y mujeres del lugar caminaban y caminaban hasta llegar y, al adentrarse, llegan a su final.

Y al girar la rotonda, por esa avenida que desconocía por no ser del lugar, salió esa habilidad que todos llevamos dentro cuando el volante nos queda suelto y en hueco cierto logré, como de puntillas, que el lugar ocupara para desocupar después. Y levanté la vista, pues cuando en el coche avistas, no te da lugar mirar y la sombra de un asiento no estaba sola, no había lugar a que fuera ocupada, porque ocupada estaba.

Un libro se entreveía abierto y con una mirada cierta repasaba sin parar. Su pelo corto que la hacía singular me daba la razón de que por fin al lugar, a la cita y a la hora estaba, bueno, debía de haber estado, pues mi memoria, como os decía, me hizo cambiar de lugar. Pero el lugar ya era el cierto y de entre ese libro abierto salió su mirada singular.

Salí presto y tan incierto que ni las llaves llevé y al parar y mirar hice de David, si claro el de Miguel ángel, aunque no de piedra y eso que en la piedra la vi. Con un simple movimiento comenzó nuestro encuentro y, aunque nada cuento, porque si cuento sabréis que no se trata de mí, sino de un cuento en donde una princesa bella, tan bella que no puedo describirla aquí, toda ella la sentía.

Podría deciros que como la fábula del gusanito, tan lindo y tan chico, que siempre soñaba con subir a la flor para poder un día volar y, os puedo asegurar que al final ese día la vi volar. No sin dejar de hablar de esa forma de actuar, de esa manera de pensar, de esa lindeza suya de mirar.

Y como antes os decía por fin la vi volar. volaba en una puesta de Sol, desde lo alto de una cima, en todo lo alto sentía como llegaba a estirar. La sentía y abrazaba y al escucharla la notaba estirar, vaya que si estiraba y aunque con sus brazos no llegaba, todo el cielo ocupaba. Si, princesa, porque princesa eres del lugar, de un lugar tan chico, que por chico pequeño no es, algún día llegarás y tus ojos lo verán y si esa historia que yo quiero tuvieras que empezar verás que el Sol que aquí oscurece, en algún otro lugar comienza y a sus tierras y a sus gentes luz dará para continuar.

Y de alimentar yo conozco, porque aunque no salgo del cuento, recuerdo que un día no más tarde aún te propuse un cuento y el cuento te lo cuento, porque cuanto más tarde o más temprano el cuento quiero recordar, tú sabes princesa MIA que con la felicidad de tu amar, si en un día aún recuerdas un letrero llegué a colgar y, aunque el tiempo no pasa en balde te lo quiero recordar:

"Si te siento no te miento, si miento invento, si invento es cuento, pero si cuento te siento. Entro, siento y salgo a la vez, pero no hay vez que TE AME OTRA VEZ......." Y colorín colorado este invento del cuento, es pensar en un momento, vaya en otro pedacito de tiempo, porque tiempo y pedacito siempre son.

MIGUEL JOSÉ CARBAJOSA GÓMEZ

 

Publicado por MIGUEL JOSE el 7 de Enero, 2022, 20:44 ~ Comentar ~ Referencias (0)


UN JARDIN VACÍO EN LA NADA

En el rincón de la nada todo estaba dispuesto para abrazar un nuevo escenario, todos los actores viajaban desde la oscuridad para encontrar la puerta desde la que abrir las cortinas por las que comenzaban a circular las historias, palabras sin letras, voces sin sonido, imágenes que se perdían en los miedos y culpas de quiénes esperaban sentados en un sillón que guardaba todo su espíritu.

Cabalgaban tranquilamente por el alrededor de cada mirada, seguían caminando con unos pies llenos de raíces, profundizaban entre la arena y llegaban hasta el fondo de la tierra desde donde recogían el fruto que allí dentro contiene ese espíritu que tiene el lugar que nos va enraizando en el tiempo que se cuenta por los relojes que inventaron aquellos que entendieron de la mente.

Suben y bajan todos los que pueden llegar, esperan los que no tienen sentido, aceleran los que tienen mucha prisa y no miran los alrededores llenos de espuma, pasan los que dejan de andar en el camino que no tiene final y se acercan curiosos que están desde el otro lado escuchando una llamada que se produce cuando estas manos dejan de teclear.

Es un cuento de colores donde el blanco se rellena de letras, donde el negro cubre de símbolos el escenario que aparece en una hoja en blanco, los contornos son remarcados por una gruesa línea que hace de final y principio, de curioso enmarque en esos pensamientos que los sueños nos van dejando guardados en esa conciencia que no surge al abrir los ojos.

Son otros ojos los que me escuchan, otras formas las que se sientan a mi lado, otros momentos los que llegan para marcharse después de haber caminado juntos por los párrafos que unen el principio con el final, una espesa niebla que deja abierta esa princesa de aquel rey que consiguió llenar el corazón de un futuro príncipe en aquellos cuentos que nuestros antepasados dejaron la memoria encajonada guardando en su corazón la fantasía de quiénes pasaron por la vida para esperar a llegar de nuevo al cielo azul.

No va de príncipes ni princesas el cuento que todos los días nos contamos para seguir viviendo en la calma, los cuentos que algunos adjetivan de chinos, cuando en realidad los chinos nos cuentan otros cuentos para encontrar su propio camino en estos mundos del mercantilismo, no son cuentos vacíos porque siempre los llenamos de aquellas historias que no hemos podido acercar a este día y así caminar entre los ojos cerrados y las manos acariciando de nuevo el pecho que nos alimenta en el principio de la vida.

Hoy la heroína y el héroe somos los que nos acercamos al abismo y caemos dentro de él, los que se alejan de la orilla y los que quieren seguir adelante en esos imposibles desde los que llegan y llegamos al lugar que un día nos hizo nacer, al lugar donde nuestro cuerpo se hará tierra y nuestro espíritu volará o seguirá caminando en esos inmensos universos que nos contienen por los siglos de los siglos en un despertar contínuo y sincero.

Feliz día, feliz imagen, desde el jardín de esta nada que contiene todo lo necesario para ser.

Miguel José

Publicado por Miguel José Carbajosa Gómez el 12 de Abril, 2012, 9:52 ~ Comentarios 2 ~ Comentar ~ Referencias (0)


MARGARITA

La palabra que aparece en pantalla indica un nombre femenino que da título a esta pequeña historia nacida de la nada, de un lugar vacío que ahora relleno, párrafo a párrafo, con la valentía de que es la historia de quien ha vivido un día junto a ella.

En la pradera estaba sola, había muchas flores, mucho verde, los árboles se acercaban todo lo que podían al cielo, las nubes miraban desde lo alto como madrugaban todos en aquel valle, incluida una pequeña flor que estaba muy apartada de todos.

Nadie la conocía, solo sabían que no quería relacionarse con nadie, quizás porque no era como ellos, quizás porque era muy vergonzosa, o porque nadie se había atrevido a conocerla.

Ella portaba una risa graciosa, miraba a su alrededor como vigilando que nadie se acercara, se abría todo lo que podía para que el Sol impregnara su blanco a rebosar.

Comprendía que aquello era su mundo y lo disfrutaba, dejaba que los demás la miraran, pero también sentía un poco de soledad, aunque siempre sentía que el silencio era la música que la hacía vivir más plenamente su belleza.

Un día llegó una abeja y quiso posarse en su flor para llevarse el néctar, ella se sintió mal pero comprendió que era el trabajo de tan pequeño animal, y le dejó con una sonrisa y un cosquilleo que la hizo reír.

El pequeño bebedor de polen también rió y la pidió que hablaran, eso sí después de haber hecho su trabajo, y así sucedió, incluso estuvieron comprobando que los dos eran muy graciosos contándose historias que les hacían reír.

Margarita y la abeja sintieron que aquello era una fantasía y probaron a conocerse más a fondo, incluso en esos días en que no aparecía su amiga, le recordaba con su mirada en las demás flores.

Un día llegó el momento en que Margarita le quiso decir al oído algo que nadie comprendía y en la llegada del trabajador de la miel, se escuchó un zumbido mucho más fuerte, quizás era como si aquel pequeño animalito hubiera escuchado algo inesperado, y huyó, se marchó rápidamente y todos quedaron muy pensativos, mientras nuestra amiga cerró los ojos y comprendió.

Pasaron varios días y el final está muy cerca, la princesa Margarita y el rey de las abejas contrajeron una boda que aún se sigue comentando en los programas del corazón, pues aquellos dos pequeños seres hoy están dentro de nuestra mente gracias al poder que unas palabras han convertido un sueño en realidad.

Hoy ha nacido la verdad de que todos podemos ser felices, no por el hecho de que nos vean felices, sino por descubrir que es realmente nuestro amado el que todos los días nos pide matrimonio, y la moraleja podíamos dejarle en secreto para que al descubrirla comprendamos que buscar dentro es la clave.

Un beso de felicidad a nuestra Margarita con su señor esposo la abeja, macho, claro está.

Miguel José.

Publicado por migueljose54 el 9 de Enero, 2008, 10:57 ~ Comentarios 1 ~ Comentar ~ Referencias (0)


EL CANGREJO ERMI

Se esconde entre la arena aquel pequeño ejemplar que de nombre se llama Ermitaño, Ermi para los amigos, y el apellido lo perdió en una tormenta que ese mar le regaló en una noche sin luna.

Su mirada se envuelve junto a mi cuerpo, porque un día se encontró junto a mi piel y esperó que mis manos acariciaran aquel pequeño cuerpo que tiritaba de un frío se playa para entender que pudiera acercarse siempre a alguien que le comprendiera.

Me contó mil aventuras, en aquellas aguas que recordaba como el país que le vió nacer, como el lugar donde vive entre las piedras que le sirven de auxilio frente a los que no quieren entenderle, como aquellos chiquillos que jugaban con un palo, y también recuerda momentos de gloria cuando volaba en aquellas olas gigantes en que, a veces, se convertía aquel pacífico envoltorio.

Nos hicimos muy amigos y todas las mañanas espera que entre la oscuridad de las rocas aparezca la señal, una lechuga verde moviéndose lentamente, y entiende que el peligro de aquellos ya no existe pues aparece mi figura descandanso en la arena y esperando sus cosquilleo con sus patitas afiladas.

Sale risueño descubriendo mi figura y lanza algunas miradas hacia lo que llevo en la bolsa que me acompaña, se asusta cuando el teléfono suena y al final comprende que es algo muy natural para nosotros, los humanos.

A veces se enconde en la arena para que mis manos atrapen aquel trozo de una arena limpia y caliente sintiendo unas manos suaves con un calor que no entiende de donde procede, pues solo conoce aquel calor de la esfera que tantas mañanas aparece y desaparece.

Queda recogido en mi mano y se tumba en ella para seguir contándome, aunque hoy ha descubierto algo que le ha llamado la atención, mi nuevo color rosado que no entiende que dejando la piel sin protección podemos cambiar lentamente en una sola noche.

Su cuerpo agradece las caricias y las palabras que escucha sin entender, lo que realmente le interesa es el lenguaje que nos entregamos cada día sin poder escuchar sus quejidos ni sus llantos, pero entendiendo el calor como sintonía de los momentos que nos encontramos junto a las olas que dan música a un espectáculo maravilloso.

Hoy se ha dado cuenta de mi tristeza y comprende que pasarán varios días hasta que volvamos a encontrarnos, y en su corazón se agita una sonrisa que deja ver en sus movimientos rápidos hacia las olas para volver a aparecer bajo aquella arena que se mueve lentamente.

Sabe que somos de distintos tamaños pero el corazón es igual de grande en ambos y escucha la canción que nos sentará las mañanas a cada uno en su lugar y volveremos en algún momento de este presenta a colorear ese trocito de playa con la visita de su amigo, del que hoy ve cara triste y lágrimas en los ojos.

Gracias Ermi por existir, por haber nacido del mar, por estar en los momentos en que nada hay que perdonar ni enjuiciar, en que solo existe el instante de una mirada amiga para comprender que todos somos hijos del mismo creador, de aquel vacío que nos llenó de vida....eterna.

Playa de la Marina, Elx, 7 de diciembre de 2007

Miguel José

Publicado por migueljose54 el 9 de Diciembre, 2007, 9:22 ~ Comentar ~ Referencias (0)


LA NIÑA DE LA ESTACIÓN

Cuenta la leyenda de una estación de ferrocarril, un pequeño edificio junto a unas vías por donde circulaban trenes que pasaban sin parar, allá por 1925. Trenes de mercancías, largos trenes de pasajeros, trenes de apeadero, y que siempre dejaban al pasar un sonido especial, un momento en aquella velocidad. Dejaban a su paso su beso particular, un toque de silbato, tras el viento veloz que envolvía el paso por unos andenes que levantaban la arena y los llenaban de polvo.

Todo comenzó en un matrimonio de un pequeño pueblo de Burgos, llamado Villasandino, que tenían once hijos. En aquella época era normal hacer tratos o convenios con tíos o matrimonios de familiares, que no tenían hijos, para dejarles los hijos pequeños en custodia durante algunos años, hasta que les llegaba la mayoría de edad, para volver nuevamente con los padres. Era la época del hambre, que dejaba muy parecidas situaciones en muchos otros hogares, en muchos otros pueblos, en muchas otras ciudades de esta gran España.

No tenían por aquella época dinero, ni casi comida, para poder atender a todos, para que la crianza fuera buena. Bueno para que la crianza fuera. Los recursos en esos momentos no eran suficientes para tantas bocas, por lo que les pareció una buena idea aquello de que si los dejaban con familiares que pudieran mantener una boca más, aliviarían la carga de la citada prole, a la vez que resolvían su futuro, casi siempre incierto.

Fue así como una pequeña niña, de nombre Consuelo, comenzó a ser un consuelo con aquellos tíos, con esos nuevos seres que llegarían a quererla como a una hija. Un jefe de estación muy querido en aquel lugar y una esposa sincera y amorosa, con la que compartía aquella casa, la estación y aquellas vías en un diario sonido de un jugar a los trenes, pero con trenes de verdad.

Esa leyenda afirmaba que aquella niña, de otros padres educada, dejada al cuidado de aquél matrimonio, de aquellas personas que la acogieron, la criaron y la veían en cada despertar, en cada desayuno, como aquel regalo que la naturaleza parecía haberles dejado sin ocultar y que cada mañana regaba con alegría infantil.

A todas horas cantaba, gritaba, reía, en ocasiones lloraba y todas las noches componía aquellas oraciones que la hacían recoger esa corona de virgen niña, de aquel proyecto de mujer que más tarde bordaría.

La chiquilla, poco a poco iba creciendo. Llenaba aquellos pasillos, aquellas habitaciones, aquellos momentos con su simpatía, con aquellos ojitos tiernos, con esas miradas de luna llena, con esos juegos y aprendizajes por las cercanías de aquellas vías, por los cambios de agujas, por aquellos momentos en que veía el paso de los trenes desde su juego con la goma, con esos pequeños ojos de chiquilla ilusionada.

Los pitidos de cada máquina de tren, de cada uno de aquellos hombres que pasaban por aquel lugar, casi siempre eran, como decía, ese pequeño beso hacia la niña chica, hacia el tiempo que se desenvolvía en cada nuevo mes el milagro de aquella nueva vida. Su afán de pulular por los lugares donde los pasajeros esperaban, donde compraban ese billete que les permitía viajar en aquellos vagones, su risa contagiosa que arrancaba a los silencios de aquél lugar, volvía a llenar aquellos pasillos de fiesta y diversión.

No tenían hijos, no podían pensar que aquel ser tan pequeño, de aquellos mofletes redondeados, de esa sonrisa abierta, de risas y carcajadas, de tardes soleadas tomando una merienda, de noches en aquella pequeña mesa redonda, o de amaneceres donde con su carita de sueño agradecía un nuevo despertar.

Sentía aquel jefe de estación como aquella chiquilla ponía en marcha aquel altavoz, aquellos mensajes para dar salida a un tren o para indicar no acercarse a las vías pues el rápido de la Coruña estaba a punto de pasar. Momentos inolvidables.....

La noche abría el tarro de la alegría de esa carita de muñeca, de esos ojos tan abiertos como el lugar que ella recorría con esas carreras rápidas para llamar al jefe de la estación, para recordarle que cambiara las agujas, porque tenía que dejar descansar un tren ligero que debía de esperar.

Los que por allí pasaban la conocían y soltaban siempre una sonrisa abierta, eran conscientes del el amor que se tiene a una chiquilla despierta, a un personajillo de estos que te calan muy dentro y que no sabes porqué se hace querer tanto ese pequeño trasto de niña.

Sabían quienes la tenían despierta, quienes la enseñaban a ser una mocita, quienes la daban ese tierno amor, esa entrega perfecta, que un día volverían aquellos padres que un día sintieron dejarla en aquel lugar. Pero cada noche o cada día que la veían crecer ese regalo que a la vida iban a dejar partir, pero que en esas noches que iban sumando, agradecían la buenaaventuranza de seguir durmiendo bajo el mismo techo.

El cuento de aquella princesa seguía, los días y las noches eran diferentes. En los lugares que aquel tornado de nueva mujer pisaba, nacían nuevas flores, cantaban las campanillas al sonido del viento, salían de sus escondites conejillos salvajes, alguna liebre la miraba en su pequeño silencio. Los pajarillos revoloteaban en un cuadro improvisado mientras en la fresca mañana, la cara lavaba la niña con alguna nueva entonación, con aquella canción que se llamaba "La niña de la estación".

Creo recordar que muchos conductores de aquellas sucias máquinas de carbón, de aquellos enormes trenes que circulaban por aquellos raíles, llegaban muchas veces a parar para dejar un regalo, una pequeña cajita…. para aquella chiquilla, para esa luz que cada vez al pasar iluminaba de color verde su camino, verde dando vía libre para circular, verde para hacerla soñar con aquellos que le daban un simple gracias por estar ahí.

Todo aquello era un sueño para aquella chiquilla, todo aquello fue su gran cuento, todo aquello fue un momento de su vida donde se sentía plena, todo aquello un buen día se derrumbaba cuando en una mañana los vio aparecer junto a aquellas personas que ya creía viviría durante muchos más años.

Llegaron al lugar quejosos, sintiendo que aquella moza, antes pequeña en su antiguo hogar, ahora necesitaban y por ello acudían a aquel lugar, para tratar de explicar a quienes no podían entender, que aquella mocita, crecidita por la edad, estaba lista para poder trabajar.

La leyenda recordará para siempre, en aquella pequeña estación, en aquel viejo lugar a la chiquilla, a la pequeña princesa. Que se vivó mozuela, que se no pudo terminar aquel cuento, pero donde su figura sigue viva, como la alegría de aquella estación, donde siempre se recordará el paso de un alma sincera, .......de aquella niña de la estación.

                    Madrid, 6 de junio de 2007

Miguel José

  PD. Este cuento es para ti......mamá.

Publicado por migueljose54 el 5 de Septiembre, 2007, 9:06 ~ Comentar ~ Referencias (0)


 
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