CuentosLa fantasía es la realidad de nuestro mundo interior.
MARGARITA
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La palabra que aparece en pantalla indica un nombre femenino que da título a esta pequeña historia nacida de la nada, de un lugar vacío que ahora relleno, párrafo a párrafo, con la valentía de que es la historia de quien ha vivido un día junto a ella.
En la pradera estaba sola, había muchas flores, mucho verde, los árboles se acercaban todo lo que podían al cielo, las nubes miraban desde lo alto como madrugaban todos en aquel valle, incluida una pequeña flor que estaba muy apartada de todos.
Nadie la conocía, solo sabían que no quería relacionarse con nadie, quizás porque no era como ellos, quizás porque era muy vergonzosa, o porque nadie se había atrevido a conocerla.
Ella portaba una risa graciosa, miraba a su alrededor como vigilando que nadie se acercara, se abría todo lo que podía para que el Sol impregnara su blanco a rebosar.
Comprendía que aquello era su mundo y lo disfrutaba, dejaba que los demás la miraran, pero también sentía un poco de soledad, aunque siempre sentía que el silencio era la música que la hacía vivir más plenamente su belleza.
Un día llegó una abeja y quiso posarse en su flor para llevarse el néctar, ella se sintió mal pero comprendió que era el trabajo de tan pequeño animal, y le dejó con una sonrisa y un cosquilleo que la hizo reír.
El pequeño bebedor de polen también rió y la pidió que hablaran, eso sí después de haber hecho su trabajo, y así sucedió, incluso estuvieron comprobando que los dos eran muy graciosos contándose historias que les hacían reír.
Margarita y la abeja sintieron que aquello era una fantasía y probaron a conocerse más a fondo, incluso en esos días en que no aparecía su amiga, le recordaba con su mirada en las demás flores.
Un día llegó el momento en que Margarita le quiso decir al oído algo que nadie comprendía y en la llegada del trabajador de la miel, se escuchó un zumbido mucho más fuerte, quizás era como si aquel pequeño animalito hubiera escuchado algo inesperado, y huyó, se marchó rápidamente y todos quedaron muy pensativos, mientras nuestra amiga cerró los ojos y comprendió.
Pasaron varios días y el final está muy cerca, la princesa Margarita y el rey de las abejas contrajeron una boda que aún se sigue comentando en los programas del corazón, pues aquellos dos pequeños seres hoy están dentro de nuestra mente gracias al poder que unas palabras han convertido un sueño en realidad.
Hoy ha nacido la verdad de que todos podemos ser felices, no por el hecho de que nos vean felices, sino por descubrir que es realmente nuestro amado el que todos los días nos pide matrimonio, y la moraleja podíamos dejarle en secreto para que al descubrirla comprendamos que buscar dentro es la clave.
Un beso de felicidad a nuestra Margarita con su señor esposo la abeja, macho, claro está.
Miguel José.
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Por migueljose54 - 9 de Enero, 2008, 10:57, Categoría: Cuentos
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EL CANGREJO ERMI
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Se esconde entre la arena aquel pequeño ejemplar que de nombre se llama Ermitaño, Ermi para los amigos, y el apellido lo perdió en una tormenta que ese mar le regaló en una noche sin luna.
Su mirada se envuelve junto a mi cuerpo, porque un día se encontró junto a mi piel y esperó que mis manos acariciaran aquel pequeño cuerpo que tiritaba de un frío se playa para entender que pudiera acercarse siempre a alguien que le comprendiera.
Me contó mil aventuras, en aquellas aguas que recordaba como el país que le vió nacer, como el lugar donde vive entre las piedras que le sirven de auxilio frente a los que no quieren entenderle, como aquellos chiquillos que jugaban con un palo, y también recuerda momentos de gloria cuando volaba en aquellas olas gigantes en que, a veces, se convertía aquel pacífico envoltorio.
Nos hicimos muy amigos y todas las mañanas espera que entre la oscuridad de las rocas aparezca la señal, una lechuga verde moviéndose lentamente, y entiende que el peligro de aquellos ya no existe pues aparece mi figura descandanso en la arena y esperando sus cosquilleo con sus patitas afiladas.
Sale risueño descubriendo mi figura y lanza algunas miradas hacia lo que llevo en la bolsa que me acompaña, se asusta cuando el teléfono suena y al final comprende que es algo muy natural para nosotros, los humanos.
A veces se enconde en la arena para que mis manos atrapen aquel trozo de una arena limpia y caliente sintiendo unas manos suaves con un calor que no entiende de donde procede, pues solo conoce aquel calor de la esfera que tantas mañanas aparece y desaparece.
Queda recogido en mi mano y se tumba en ella para seguir contándome, aunque hoy ha descubierto algo que le ha llamado la atención, mi nuevo color rosado que no entiende que dejando la piel sin protección podemos cambiar lentamente en una sola noche.
Su cuerpo agradece las caricias y las palabras que escucha sin entender, lo que realmente le interesa es el lenguaje que nos entregamos cada día sin poder escuchar sus quejidos ni sus llantos, pero entendiendo el calor como sintonía de los momentos que nos encontramos junto a las olas que dan música a un espectáculo maravilloso.
Hoy se ha dado cuenta de mi tristeza y comprende que pasarán varios días hasta que volvamos a encontrarnos, y en su corazón se agita una sonrisa que deja ver en sus movimientos rápidos hacia las olas para volver a aparecer bajo aquella arena que se mueve lentamente.
Sabe que somos de distintos tamaños pero el corazón es igual de grande en ambos y escucha la canción que nos sentará las mañanas a cada uno en su lugar y volveremos en algún momento de este presenta a colorear ese trocito de playa con la visita de su amigo, del que hoy ve cara triste y lágrimas en los ojos.
Gracias Ermi por existir, por haber nacido del mar, por estar en los momentos en que nada hay que perdonar ni enjuiciar, en que solo existe el instante de una mirada amiga para comprender que todos somos hijos del mismo creador, de aquel vacío que nos llenó de vida....eterna.
Playa de la Marina, Elx, 7 de diciembre de 2007
Miguel José
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Por migueljose54 - 9 de Diciembre, 2007, 9:22, Categoría: Cuentos
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LA NIÑA DE LA ESTACIÓN
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Cuenta la leyenda de una estación de ferrocarril, un pequeño edificio junto a unas vías por donde circulaban trenes que pasaban sin parar, allá por 1925. Trenes de mercancías, largos trenes de pasajeros, trenes de apeadero, y que siempre dejaban al pasar un sonido especial, un momento en aquella velocidad. Dejaban a su paso su beso particular, un toque de silbato, tras el viento veloz que envolvía el paso por unos andenes que levantaban la arena y los llenaban de polvo.
Todo comenzó en un matrimonio de un pequeño pueblo de Burgos, llamado Villasandino, que tenían once hijos. En aquella época era normal hacer tratos o convenios con tíos o matrimonios de familiares, que no tenían hijos, para dejarles los hijos pequeños en custodia durante algunos años, hasta que les llegaba la mayoría de edad, para volver nuevamente con los padres. Era la época del hambre, que dejaba muy parecidas situaciones en muchos otros hogares, en muchos otros pueblos, en muchas otras ciudades de esta gran España.
No tenían por aquella época dinero, ni casi comida, para poder atender a todos, para que la crianza fuera buena. Bueno para que la crianza fuera. Los recursos en esos momentos no eran suficientes para tantas bocas, por lo que les pareció una buena idea aquello de que si los dejaban con familiares que pudieran mantener una boca más, aliviarían la carga de la citada prole, a la vez que resolvían su futuro, casi siempre incierto.
Fue así como una pequeña niña, de nombre Consuelo, comenzó a ser un consuelo con aquellos tíos, con esos nuevos seres que llegarían a quererla como a una hija. Un jefe de estación muy querido en aquel lugar y una esposa sincera y amorosa, con la que compartía aquella casa, la estación y aquellas vías en un diario sonido de un jugar a los trenes, pero con trenes de verdad.
Esa leyenda afirmaba que aquella niña, de otros padres educada, dejada al cuidado de aquél matrimonio, de aquellas personas que la acogieron, la criaron y la veían en cada despertar, en cada desayuno, como aquel regalo que la naturaleza parecía haberles dejado sin ocultar y que cada mañana regaba con alegría infantil.
A todas horas cantaba, gritaba, reía, en ocasiones lloraba y todas las noches componía aquellas oraciones que la hacían recoger esa corona de virgen niña, de aquel proyecto de mujer que más tarde bordaría.
La chiquilla, poco a poco iba creciendo. Llenaba aquellos pasillos, aquellas habitaciones, aquellos momentos con su simpatía, con aquellos ojitos tiernos, con esas miradas de luna llena, con esos juegos y aprendizajes por las cercanías de aquellas vías, por los cambios de agujas, por aquellos momentos en que veía el paso de los trenes desde su juego con la goma, con esos pequeños ojos de chiquilla ilusionada.
Los pitidos de cada máquina de tren, de cada uno de aquellos hombres que pasaban por aquel lugar, casi siempre eran, como decía, ese pequeño beso hacia la niña chica, hacia el tiempo que se desenvolvía en cada nuevo mes el milagro de aquella nueva vida. Su afán de pulular por los lugares donde los pasajeros esperaban, donde compraban ese billete que les permitía viajar en aquellos vagones, su risa contagiosa que arrancaba a los silencios de aquél lugar, volvía a llenar aquellos pasillos de fiesta y diversión.
No tenían hijos, no podían pensar que aquel ser tan pequeño, de aquellos mofletes redondeados, de esa sonrisa abierta, de risas y carcajadas, de tardes soleadas tomando una merienda, de noches en aquella pequeña mesa redonda, o de amaneceres donde con su carita de sueño agradecía un nuevo despertar.
Sentía aquel jefe de estación como aquella chiquilla ponía en marcha aquel altavoz, aquellos mensajes para dar salida a un tren o para indicar no acercarse a las vías pues el rápido de la Coruña estaba a punto de pasar. Momentos inolvidables.....
La noche abría el tarro de la alegría de esa carita de muñeca, de esos ojos tan abiertos como el lugar que ella recorría con esas carreras rápidas para llamar al jefe de la estación, para recordarle que cambiara las agujas, porque tenía que dejar descansar un tren ligero que debía de esperar.
Los que por allí pasaban la conocían y soltaban siempre una sonrisa abierta, eran conscientes del el amor que se tiene a una chiquilla despierta, a un personajillo de estos que te calan muy dentro y que no sabes porqué se hace querer tanto ese pequeño trasto de niña.
Sabían quienes la tenían despierta, quienes la enseñaban a ser una mocita, quienes la daban ese tierno amor, esa entrega perfecta, que un día volverían aquellos padres que un día sintieron dejarla en aquel lugar. Pero cada noche o cada día que la veían crecer ese regalo que a la vida iban a dejar partir, pero que en esas noches que iban sumando, agradecían la buenaaventuranza de seguir durmiendo bajo el mismo techo.
El cuento de aquella princesa seguía, los días y las noches eran diferentes. En los lugares que aquel tornado de nueva mujer pisaba, nacían nuevas flores, cantaban las campanillas al sonido del viento, salían de sus escondites conejillos salvajes, alguna liebre la miraba en su pequeño silencio. Los pajarillos revoloteaban en un cuadro improvisado mientras en la fresca mañana, la cara lavaba la niña con alguna nueva entonación, con aquella canción que se llamaba "La niña de la estación".
Creo recordar que muchos conductores de aquellas sucias máquinas de carbón, de aquellos enormes trenes que circulaban por aquellos raíles, llegaban muchas veces a parar para dejar un regalo, una pequeña cajita…. para aquella chiquilla, para esa luz que cada vez al pasar iluminaba de color verde su camino, verde dando vía libre para circular, verde para hacerla soñar con aquellos que le daban un simple gracias por estar ahí.
Todo aquello era un sueño para aquella chiquilla, todo aquello fue su gran cuento, todo aquello fue un momento de su vida donde se sentía plena, todo aquello un buen día se derrumbaba cuando en una mañana los vio aparecer junto a aquellas personas que ya creía viviría durante muchos más años.
Llegaron al lugar quejosos, sintiendo que aquella moza, antes pequeña en su antiguo hogar, ahora necesitaban y por ello acudían a aquel lugar, para tratar de explicar a quienes no podían entender, que aquella mocita, crecidita por la edad, estaba lista para poder trabajar.
La leyenda recordará para siempre, en aquella pequeña estación, en aquel viejo lugar a la chiquilla, a la pequeña princesa. Que se vivó mozuela, que se no pudo terminar aquel cuento, pero donde su figura sigue viva, como la alegría de aquella estación, donde siempre se recordará el paso de un alma sincera, .......de aquella niña de la estación.
Madrid, 6 de junio de 2007
Miguel José
PD. Este cuento es para ti......mamá.
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Por migueljose54 - 5 de Septiembre, 2007, 9:06, Categoría: Cuentos
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BASTONCITO
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Bastoncito
es de esas historias que no se cuentan por la calle, que nadie las ha escuchado en ninguna parte, que no está escrita en ningún libro.
Es la historia de un pequeño bastoncito con la función de limpiar la parte externa del oído, junto a sus hermanos, en una pequeña cajita.
Un día nacía al mundo un pequeño palillo blanco, un palillo de plástico al que le unieron dos trocitos de algodón bien prensado a cada extremo.
Salía embasado en un paquete con noventa y nueve de sus hermanos, todos ellos ordenados en línea, formando varias capas para su mejor colocación y para no hacerse daño entre ellos.
El lugar donde fue colocado por primera vez era una estantería por donde mucha gente pasaba, algunos le miraban y otros tocaban aquella caja que les protegía del ruido, del aire y de todo aquello que podía lastimarlos.
Un día alguien se paró frente a él, miraba varias cajas, su cara comenzó a fijarse en aquella cajita y sin darle tiempo a poder ver su cara, alargó su mano, lo cogió fuertemente y lo dejó caer en una cesta de plástico, junto a otras cajas diferentes.
Cuando volvió a ver la luz se encontraba en una pequeña habitación, donde en algunos momentos alguien a quien no conocía entraba y la veía levantar una tapa donde se sentaba.
En otro momento volvió la misma persona, y aquello comenzó a ser una escena que se repetiría, aunque en otras ocasiones no se sentara en aquella escena, sino que se perdía tras unas puertas de cristal.
Alguna vez la veía echarse un líquido que salía como de un tubo y que le escurría por aquella cara. Comenzaba a darse cuenta de que aquello le gustaba, de que esa persona le dejaba algo especial.
Sentía cada vez que la luz brillaba, su corazón se encendía, aunque de plástico fuera, sentía aquel calor, se daba cuenta de que esperaba y esperaba a que aquella mujer volviera al lugar para hacer lo mismo varias veces cuando la luz la iluminaba desde aquel pequeño ventanuco.
Incluso aquellos momentos que no encendía la luz, cuando el ventanuco estaba apagado. En momentos en que la veía reír, la sentía en silencio, la oía gritar, o poner palabras a muchos gestos que aún no entendía.
Poco a poco veía como sus hermanos salían de aquel envase para llegar a sus manos y que se los llevaba a trabajar aquellos oídos. Cada uno intentaba con todas sus fuerzas arrancar aquella pequeña cera que envolvía el pequeño trozo de algodón, y muchas veces parecía desbordarse dentro de aquel canal oscuro donde un par de veces se introducía.
Bastoncito miraba la escena. Se la sabía de memoria. La había visto tantas veces, que soñando, esperaba el día que aquellas manos le acariciaran, le envolvieran aquellos dedos y él pudiera demostrar su valía, aquello para lo que había sido creado.
Muchas mañanas veía el cuerpo desnudo, aquella piel oscura, aquellos cabellos sueltos, esa mirada de ojos vidriosos, el silencio de aquellos labios, la redondez de aquellas formas, todo ello perderse detrás de aquellas puertas que se cerraban para devolver mojado unos minutos después, aquello que tanto acariciaba en sus sueños.
Bastoncito hablaba poco, escuchaba los coloquios de sus hermanos, veía en la oscuridad como cada uno apostaba por ser el mejor limpiando aquellos oísoa. En muchas ocasiones se empujaban para estar más cerca del lugar donde solían salir aquellos que ya se fueron.
Los días pasaban, aquellos que se iban solían guiñar el ojo a los que se quedaban, y todos respiraban de tristeza al ver no ser los elegidos. Todos sabían que aquellas manos les liberarían de aquella pequeña cárcel.
A Bastoncito, en cambio, le gustaba aquello. Sentía dentro un pequeño gusto por no haber sido elegido. En algún despiste dejaba a otro su lugar y se escondía sin ser visto para poder seguir disfrutando de aquellas escenas, de aquella chica que cada día le enamoraba.
Un día quedaban tres en aquella caja, que cada día se hacía más grande. Los dedos no miraban cuando tocaban aquellos palitos de plástico, y después de remover vio como se quedaba solo, como las manos habían hecho preso a sus dos hermanos que aún quedaban junto a él.
Al cabo de un rato, la luz se apagó, la puerta se cerraba y volvía nuevamente a soñar, a recordar aquellas imágenes, aquella figura, aquella mujer que…… ¡la luz volvió a encenderse!.
La figura volvía a entrar en aquella estancia, el corazón se le salía de dentro, la sangre circulaba demasiado alocada, y sus ojos se salieron cuando aquellas manos se acercaron al envase, cuando volvieron a abrir aquella pequeña tapa.
Los nervios le traicionaban, cerraba fuertemente sus ojos, su cuerpo se quedaba rígido y así fue como sintió aquellos dedos apretar su cuerpo. Llegó el momento de poder demostrar a aquella mujer, a la que tanto amaba, la energía que llevaba dentro para sacar toda su fuerza.
Sin saber qué estaba pasando, sintió en uno de sus extremos como aquel pequeño algodón se humedecía, como las manos le llevaban a su pierna, cómo veía un lugar de color rojo acercarse al extremo mojado.
Al fin sabía su destino, le había llegado la hora de salir de aquella caja, de sentir aquellos dedos, de tener tan de cerca aquel cuerpo con el que soñaba cada vez que aquella pequeña luz se apagaba.
Tras arañar en la piel tan sensible de aquella parte del cuerpo, tras ver como su función no era aquella que le enseñaron un día, tras ver aquella figura, aquella preciosa muchacha acercarse a su pequeño cuerpo de plástico, le llegó la hora de acabar en aquel lugar donde veía a sus hermanos desaparecer.
Sus sueños habían terminado en aquel cubo de basura, sus días dejaron de existir en la humedad de aquellos ojos, junto a sus hermanos ya colocado, entre el olor de aquello que no entendía.
Hoy es parte de aquellos residuos que duermen su sueño, que desaparecen de nuestras vidas, que dejamos en una bolsa de plástico, sin acordarnos de darle las gracias por el trabajo que hicieron.
ELCHE, 25 de Agosto de 2007
Miguel José
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Por migueljose54 - 4 de Septiembre, 2007, 11:56, Categoría: Cuentos
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Cuento breve
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Salió de aquella nube, miró alrededor y se sintió perdida. Sus ojos no se movían, su cara era limpia, su voz no existía, sus labios dirigían aquella manera de volver a su tierra, a aquellos amaneceres que la despertaban de esos sueños que ahora vivía en unos cielos azules.
Era una linda aparición, era una manera de salir distinta, se dejaba salir de aquellos algodones que la hacían parecer otra, que su pelo se agarrotaba con la humedad.
Se sentía segura y decidió acercarse a mi figura. Se colocaba todo el cabello, las manos colocaba en sus caderas, los ojos seguían mi forma de mirarla, aquel momento iniciaba una conversación, unos mensajes que nos hacían entender que estábamos en el lugar indicado en aquel momento en concreto.
- Hola, soy la tristeza y venía a compartir contigo este día.
- Hola, mira hoy no es el momento adecuado, porque la felicidad me visitó antes y ahora caminamos juntos en este lugar, pero de todas formas no creo que hoy hubiera podido ser.
- Verás, podríamos hacer que esa felicidad se quede con nosotros y podamos compartir juntos este caminar.
- Mira, yo decido con quien ir y en este momento no me sienta bien tus consejos, de todas formas estoy encantado que te hayas fijado en mí, pero ahora no puede ser.
- Bien, es verdad, tú decides, pero seguro que yo puedo hacerte encontrar esos momentos en que me necesitas de verdad y no me encuentras.
- Gracias por tus consejos, yo se que muchas veces me has visitado y hemos compartido hermosos momentos, días completos, incluso semanas, pero yo no quiero hoy sentir que estas cerca. Vuelve a tus nubes, vuelve a ese lugar desde donde puedas elegir a otro. Seguro que hay muchos dispuestos a hacerte pasar un gran día.
- Bueno, Miguel José, es un placer haber vuelto nuevamente, y será como tú deseas...un beso me hace recordar cómo tus momentos son importantes en los días que te conocí....Gracias por ser sincero con tu manera de sentir, con las palabras que tu corazón pone siempre en tus labios.
- Nos vemos, gracias y da recuerdos a la melancolía y a la depresión, que compartís tan de cerca las vidas de tantas almas despistadas.
Y el domingo dos de septiembre de este año que suma nueve continuamos juntos por esta playa la felicidad y yo, ambos cogidos de la mano, ambos con la mirada en esa línea que divide el mar y el cielo, el lugar donde la vida es el hoy, donde continúa la luz, donde el amor no cambia de cara y si de momento, donde escribo este cuento que siento compartir.
Que la felicidad siga siempre en vuestros corazones.....
Elche, 2 de Septiembre de 2007
Miguel José
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Por migueljose54 - 2 de Septiembre, 2007, 13:13, Categoría: Cuentos
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