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Un dolor es la respuesta del cuerpo físico para que pongamos un límite, una observación sobre aquello que nos haya pasado en la experiencia de un comer alimentos que no admite nuestro organismo, o de un hábito que ahora se desborda en lo que se acentúa como desagradable.
Pasamos por alto muchos diálogos en los que no aprendemos a poner un límite, que no es más que evitar lo que un día sentímos como rechazo, esos vómitos que no se pueden contener después de haber comido más que lo hacemos en el diario de las comidas.
Nos devuelve con gran resonancia en todo el cuerpo aquellos aumentos en la tasa de alcohol permitido en cualquier noche o fiesta, dentro de aquellos cumpleaños o comidas que el resurgir de la alegría nos contempla en desastre al dejar o permitir que nuestro sistema digestivo pueda resolver todo lo que se empujaba con unas manos descuidadas.
La noche siempre es buena consejera de digestiones silenciosas, el cuerpo debe descansar en esos momentos en que los jugos gástricos comienzan su trabajo de separación, de trabajar a pleno rendimiento, de necesitar toda la energía disponible para que su experiencia nos haga guardar y repartir todo aquello que nos hace falta para que los órganos puedan alimentarse y trabajar con su máxima energía.
El cuerpo es una máquina maravillosa que nos fué entregado en aquel parto, en el momento en que comenzábamos a nadar en aquella pancita que cualquier mujer acondiciona con sus manos para acomodar a quién ha decidido silenciar el final de una pasión entre hombre mujer, y al ser un gran regalo nuestra obligación es conservarlo en el mejor estado posible.
Gracias a su maravillosa mecánica, incluso podemos algunas veces saturarlo, incluso darle un ligero maltrato, no dejarle descansar durante algún tiempo, dejar que se seque la piel tan fina que nos va recubriendo en cada salida al exterior, en cada memoria que nos recordamos en los sueños que ahora se tornan dolor.
La mirada de una cara con dolor es algo frío y desagradable, unos ojos que contienen aquellos pinchazos que no acertamos a descargar, unos fríos o calores que nos dejan en silencio, fuera de cualquier conversación, en el otro extremo de una cama donde el cerrar los ojos nos transporta al interior de aquellos movimientos en que se prolongan cada momento de angustia.
Doy fe que cada dolor me proporciona experiencia, que el pasar de los años me hace sentir que todo se va desgastando por el mal uso, que hay que reparar aquello que mi adolescencia dejó en las manos de un destino, incluso el tiempo también me proporciona las herramientas para poder poner en marcha, nuevamente, las agujas de un relón recién engrasado y con las pilas recargadas.
Aquí y ahora mi cuerpo es lo primero en preparar para acontecer todo aquello que he de vivir, de esas experiencias que me completarán como un ser humano, de aquellos momentos en que recordaré que un dolor hizo de mí un hombre completamente nuevo.
Namasté.
Miguel José
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