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En San Juan de la Cruz podemos encontrar modos de sentir la realidad que nos conlleva en la espiritualidad de algunos de sus cantos, en poder abrir la iluminación de un alma sin necesitar a los sentidos ni tampoco al entendimiento, simplemente dejarnos llevar por el presente, por ese segundo que nos ha soplado el viento en nuestro alma.
.......Aquí se está llamando a las criaturas, y de esta agua se hartan, aunque a oscuras, porque es de noche......
Esta experiencia puedo describirla en un pequeño instante que recibí de una mañana de Sol, unos ciento veinte minutos sujetando una manguera, desde el otro lado miraba los grupos de macetas, aquellas esencias de colores, en donde el verde aumenta la sensación de criaturas vivientes, con esa mirada sin ojos, esa escucha sin esperar nada a cambio.
Con la fuerza que el agua brillaba en la lluvia que contenía aquellos chorros, moviendo de un lado a otro, rezando con esos millones de gotas que vaciaban el contenido de metros cúbicos, adoraban las hojas, haciendo revolotear unas flores que se reían en un murmullo de olor a un aroma llamado amor.
Eran ellas las que me habían llamado, como San Juan hablaba en aquellos tiempos desde su propia mirada en aquellos ciegos senderos que le hacían caminar hasta ese interior, hacia su propio Ser que le llamaba con un amor insistente y gratuito.
Todas estaban puestas a la mesa para el gran convite de agua, de aquel frescor que aumentaba el tamaño de unos corazones de raiz, de unos bulbos que guardan el contenido de los colores, en el arco iris de su corta vida, donde los minutos y los años hacen descubrir la grandeza que pueden adquirir simplemente con poco abono y su mucho agua.
Ellas están a oscuras como los seres humanos cuando caminamos por aquellos desiertos, cuando el anochecer nos invade en pleno día, o incluso en las depresiones que hacen terminar mucha fuerza de vivir, claro, sin darnos cuenta que la vida es todo aquello que no vemos, que no escuchamos, como el ruiseñor que habla todas las mañanas de su particular forma de encontrar su propia comida.
Aquí vivimos todos, incluso los que mueren de pena, o se dejan el amor en los carriles de deceleración de muchas relaciones que no comprenden, también vivimos todos bajo un Sol que no deja de dar su propio calor sin distinguir nada, además de poder caminar por esos campos en el anochecer de una espléndida luna llena.
Morimos cuando dejamos que la fecha de caducidad llegue a nuestro regazo, cuando el lugar donde un nuevo ser puede emanar de la esencia de unos padres que amanecen, los caducos, aquellos que se han puesto la fecha instalada en su propia mente, mueren y desaparecen.
Hay quien goza por que su momento les ha llegado, aquellos a quienes se les priva de llegar a ello desde una cama en la que han desgraciado unas piernas o brazos para adquirir una experiencia inmensa en los corazones de quienes compadecen situaciones que la propia ley no encaja en su igualdad.
Vivo cada minuto regando entre aquellos montículos de plantas, recibiendo el amor incondicional que mis manos devuelven en el giro constante que me produce un verdadero rubor, un estremecimiento de sentir la conexión de aquellos seres tan vivos como yo mismo.
Encajamos el engranaje del amor en la mirada que todos formamos un tierno encuentro, donde el alimento de un líquido que engrasa aquellas tuberías que llevan comida a las hojas que revolotean alrededor del chorro de agua limpia que inserta la arena de un abono completo en aquella pequeña maceta de un plástico caluroso que se estremece ante la fuerza de la vida.
Terminan mis manos de acariciar aquellos pedazos de islas verdes, lugares paradisíacos de una belleza interior en el Centro de Jardinería de una ciudad cualquiera, grandiosa por los espacios abiertos a los que un día comprendieron que en este camino lo importante es disfrutar de todo aquello que los días y las noches van dejando en una simple estrofa dejada hace unos siglos por un maestro que nos antecedió en el espíritu.
Todos podemos sentir aquel caminar entre las calles de flores, entre las avenidas de begoñas y hortensias, dentro de los aparcamientos que las petunias y las rosas, en las plazas donde se reúnen los crisantemos, compartiendo la mañana que muchos disfrutan en una playa cercana entre las olas de un mar que escucha los sonidos de todas las criaturas que se hartan de un agua.
Miguel José
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