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Llueve en los campos secos de cualquier ser que ilumina la noche con aquellas palabras que se dejaron caer entre las miradas de quien puede hablar con los ojos cerrados y los labios apretados, perdiendo en cada escena la intimidad que ya no tiene.
Mis pensamientos pueden hacer que pierda el juicio, esa memoria escondida tras las sábanas de cualquier escucha me deja los apegos a cualquier cita, a quien pueda llamar para hablar de aquellos lindos versos que han quedado grabados en cualquier escrito.
Los párrafos que han dejado el hueco necesario en la hoja en blanco de la vida hacen fuerza en aquellos que han de posar sus ojos en las líneas que deletrean en una voz en silencio sintiendo en cada momento los recuerdos que le atan a unos pasados que ahora duelen cada vez mas.
He de aprender para no apegarme a tantas cosas materiales, he de comenzar a gritar al cielo mi libertad cada vez que uno de tantos ha desaparecido y todo me da igual, es dejar aquellas bolsas que tanto pesan del hipermercado en cada esquina, no volviendo jamás a recordarlas en su contenido.
Camino despacio, ando con la mirada puesta en la raya que delimita el cielo y la tierra, cabalgo en la montura que creo cada vez que un pensamiento entra por la puerta y deja la semilla que he de analizar y comprender que ese soy yo.
Todos somos lo que pensamos, estamos compuestos de esa química que hace llegar aquellas vivencias que deseamos dejar partir, que olvidamos si nos han dejado la huella del dolor, que empujamos como a un coche viejo para que arranque y se pierda en el infinito que siempre brilla al atardecer.
El Sol se fija en aquella figura que calienta cada tarde en la arboleda de unos pinos que recunan sus primeras piñas en las ramas que asoman a cualquier trozo de un rio cargado de un agua cristalina que producirá los mejores frutos de cada alma.
Ahora prendo el interruptor y la luz desaparece, las sombras anidan nuevamente entre las sábanas que adornan una nueva noche en el tiempo que recorro desde las tinieblas hasta el alba, siempre esperando que aquellos apegos han ido desprendiéndose de unas capas que olvidan los sueños que nunca me han dejado dormir.
Miguel José
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