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Andaba con mis problemas de cabeza, metido de lleno en un pensamiento que rondaba un dolor intenso en aquellos días en que veía todo como un imposible, creyendo que el mundo me aprisionaba hasta dejar la última gota de mi reserva en el asfalto.
Jugaba con aquellos momentos en que no creía en mis posibilidades, en que mi desgracia era cotiadana como el aire que respiraba, dejando que mi cuerpo se contagiara de aquellos sentimientos que no podía dejar de lado, parecía que el cielo se cerraba cada mañana para no volver a dejar que las nubes protegiaran la sensación de querer seguir viviendo.
Estas palabras nacían en la crísis, en aquel momento en que se había terminado toda fantasía, en que no podía dormir en la noche ni tampoco cerrar los ojos por el día, en aquella catacumba recién construida sobre la muerte de un hombre que ya no existe.
Historia quedó pegada a un rostro, una cara serie que adormece a quien se deja volver aquella mirada, son unos ojos pidiendo una ayuda que no llegaba, unos momentos en que no entendía porqué los humanos tenemos que caer tan bajo, justo debajo de todo lodo, justo en medio de una oscuridad que de tan intensa no se puede ver ni el humo.
Muere aquel que nació en otra crisis, muere lo que ya no sirve para los nuevos aconteceres, muere la vida para nacer de nuevo en la vida, seguimos unos ciclos que nos hacen avanzar en el peligro de aquellos controles que el mundo, o quizás nosotros mismos, no dejamos colocados en cualquier noche como ese reloj que nos despierta para volver nuevamente a la luz.
No somos oscuridad, somos seres de luz, pero nos ennegrecemos para dejar esa huella oscura en un camino que el propio viento se encarga de destruir, y vamos en la parte delantera de esas nubes que llegan a la costa para dejar el agua que han recogido en aquellas aguas turbulentas de tormentas que suceden todos los días en un mar azul junto al cielo.
Hoy la luna crece más que ayer, la cuna que amanece se va rellenando de aquellas miradas que cada noche se refugian en su luz, en esa forma de dar vida a los que se acallan, en el espíritu de un ser vivo que se riega todos los días con el agua que aquellas nubes dejaron en la huella de una nueva vida.
Miguel José
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