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Estoy llegando a la estación que dejé atrás en la vuelta que ahora voy abriendo, el Sol hace amanecer los cristales desde los que estoy mirando con colores claros, con diferentes sombras que desaparecen cuando las estrellas van decorando los escondites en que se encuentran las hadas de los sueños.
De tus sueños, de los míos, de los chiquillos que van naciendo en la serie diferente a la que nos hizo aterrizar, de los niños que se van convirtiendo en grandes a diferencia de los pequeños, de los que encuentran la felicidad y de los que la ocultan tras sus ojos, de los que llegaron hasta marchar y de los nunca marcharon porque no pudieron llegar.
Me hables como me hables puedo escucharte sin juzgar lo que dejas escapar al exterior, sin entender que te debo entender, ni tampoco adueñarme de tus dolores, como tampoco deseo que tus culpas se añadan a unas cuentas que no manejo.
Porque mi contabilidad no la comparto con quiénes intentan añadirme sus números rojos, ni los que esconden dentro de los números positivos las historias que no quieren para su camino, pues siempre he buscado mi sentimiento dentro de las cajitas que numeraba cada vez que te marchabas y no volvías para cerrarlas.
Es ahora cuando te puedo decir que te quiero, que no entro ni salgo de las historias que me cuentan para hacerlas más grandes ni borrarlas de los libros que coleccionan los que me conocen, ya que siento mucho cariño por quiénes viven la vida desde los caminos que cada uno va sembrando.
Somos todos los que componemos estos andenes, todos los que llegamos desde le vuelta, todos los que marchamos aunque volvamos en bandadas diferentes, todos los que vimos oscurecer y que ahora podemos encontrar de nuevo al Sol que nos vuelve a adelantar por encima de estas cabezas que vienen y van.
Vuelvo a pararme junto a los sillones del descanso entre andenes y vías que esperan tranquilamente la hora de llegada escuchando por los altavoces que hemos vuelto de nuevo con diferente dirección, y colores que iluminan estos raíles donde mi vida transcurre los fines de semana en que un lunes cierra aquellos ojos calientes del viernes frío en que pude encontrar la salida.
Miguel José
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Hacen mucho ruido para enseñarme que estoy entre los hermanos que nacimos de diferentes vientres, haciendo que el ego pueda despegarse tranquilamente cuando mis manos quieren explicar el porqué estoy en alerta, el porque espero dejar una marca de diferente color entre quiénes se encuentran vacíos o rellenos de lo que cada uno siembra en su propio jardín.
No quiero que me entiendas entre estas palabras, sino que sientas que estoy frente a los espejos que me representan, que aparecen sin estar despierto, que entregan esas partes que yo oscurezco en los desfiles que suceden casi todos los días por los recorridos de las pasarelas que encontramos sin la altura ni alfombra que creemos corresponder.
Me veo diferente a los que están en su grupo, encuentro que todo es distinto al entrar o salir de aquellos que ríen y gritan por los pasillos que aparecen vacíos al marchar o encontrar unas butacas vacías, sin esperar a verme rodeado de aquellos que marcharon o de los que puedan esperarme en nuevos momentos en que la vida vuelve a encontrar un cambio de sentido.
Sentido que se me escapa de estas manos al desesperar por no entrar por el carril adecuado, por ver que los demás no hacen aquello que yo creo verdad, por escuchar solo las palabras que me interesan para construir guiones que nunca se adaptan a lo que llaman verdad después de haberme separado de entre los vivos que murieron para nacer de nuevo.
Porque nuevo quiero ser, nuevo en la claridad de unas ideas difíciles de separar de estas carnes, de unos capítulos que siguen repitiéndose con diferentes telones, de sermones que maestros diferentes acuñan en su propiedad para enredarnos en una verdad que nadie comparte, en una visualización que no tiene el color que siempre hemos buscado.
Me miras y no me entiendes, te escucho y no te siento, enciendo la luz desde la pestaña que hay en la entrada del templo y puedo escuchar un nuevo olor que arde fuera de la vela, en el lado desde donde el humo gatea sin peldaños hasta la frente de la ventana en que me encontrabas cuando solías pasear por aquellas calles en las que te volví a perder.
Perder cuando me encontrabas te hacía abrir de par en par aquellos párpados que cerrabas al dejar tu cabeza dormida junto a estas manos que ahora esperan a que vuelvas a encontrar aquella mirada que te hacía reír, que te incitaba a llorar, que te empujaba para que pudieras caminar sin las rodillas, con la fuerza de haber podido esconderse para que tú pudieras levantar la cabeza, extender tus alas y volar hasta el infinito.
Infinito que hacemos finito después de haber encontrado de nuevo el final de quién llega hasta nuestro lado para dejarnos esas palabras que harán esperar que todo vuelva a encenderse y deshacerse como el hielo derrite al fuego.
Como la ceniza hace desprender de nuevo los troncos que cortaron aquellas máquinas que aparecieron en los horizontes y se llevaron los bosques que ahora vuelven a aparecer en estos infinitos desde los que te espero siempre sin cerrar ni abrir las ventanas que no encuentras cada mañana.
Miguel José
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Juntos volamos desde el suelo de los mares, caemos a los abismos desde los que enciendo la luz interior que me hace encontrar la mirada que frente a los espejos habla con los dolores que se criaron en el corazón desde el que puedo contarte esta historia.
Una historia que se ennegreció cuando tus pasos acudieron a mis lágrimas, cuando llegaste a mí por la curva que siempre miraba desde esta ventana que cerré con las malas hierbas que crecieron en esas semillas que se caían de tus palabras.
No soy mujer la que escribe, pues la feminidad no tiene sexo, la parte femenina es parte de un todo, de una masculinidad en la que se reflejan estas palabras, en la mirada de un hombre que nació niño y que ahora puede ver a ese niño que navega dentro con la sonrisa de la alegría de vivir.
Vivir aunque todo a su alrededor haya muerto, vivir sin el agua que diluye todo lo que se adhiere al caminar, un aire viciado por las columnas que aparecen en los fondos de valles inundados por las banderas de accionistas, un suelo empedrado por aquellas fronteras que crecieron entre unos hermanos que terminaron marchando por otros lados.
Lados que hacen que pueda suspender la alegría que nace del ruido, la esperanza que se infla con los colores que el agua transporta, la sencillez de escuchar voces duras en el espacio de silencio que se apaga al anochecer de la luna.
Una luna que mira y calla mientras se pasea con sus estrellas entre nubes que no han nacido en los mares, ni tormentas de agua cristalina de unos ríos que se esconden al no encontrar la fuente de la que poder manar, y todo entre el despertar de una vida que sigue cierta en su morada.
Podremos destruir lo que se construye con el esfuerzo de las células, podremos deshacer los nudos de las grandes sogas que atascan las cerraduras, podemos encender el odio y la rabia para adentrarnos en el infierno de mirar para otro lado, podemos encontrar las llave que todo lo cierre y apenas abra montañas que se estrellan contra cielos diferentes.
Lo increíble de esta tierra en la que brilla el Sol y se pasea la Luna, es que nace de los fuegos, se enciende de la frescura, se tiñe de verde al calor de su propio vientre, se esconde de la luz cuando la oscuridad envuelve el abrasador rayo que deja sin camino a las aves, y al final destapa su propia piel interior entre los lamentos de quiénes se han quedado solos en la parcela que no es propiedad privada.
Acércame tu mano para que con la mía y la de los vecinos que nos rodean puedan encontrar el hilo que todos los días nos entrega para desenredar los poderes que unos maestros enterraron junto a la montaña más grande que nunca pudiéramos encontrar, viajando en el silencio de estas palabras.
Miguel José
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Esta mañana al levantarme tuve que despertar a un ángel dormido que había encontrado calor a mi lado, un ángel que había compartido conmigo la noche oscura entre las sábanas calientes, un ángel que estaba seguro a mi lado sabiendo que mis manos no podían hacerle ningún daño, un ángel que estaba despierto con esos ojos llenos de luz esperando que pudiera escuchar el lenguaje que toda la noche estuvo susurrando desde la otra almohada que acompaña a la mía.
Estaba recogido sobre sus alas, la transparencia de su luz hacía de la habitación un lugar expléndido, una ventana que irradiaba al exterior el gran amor que desprende de su belleza, el olor inconfundible a la esencia inigualable que no podemos encerrar en ningún frasco ni esconder dentro del colchón, un soplo de aire fresco eran las caricias que recibía durante los sueños en los que viajamos juntos por todo el universo que yo no conocía.
Llegamos a un lugar donde me contaba que los sueños desembarcan en cada mente, repartiendo según su pensamiento, para poder llegar en el momento oportuno de la vida que cada uno elige disfrutar, lugar de colores diferentes a los que conocemos, no se respiraba porque no había ningún tipo de atmósfera, tampoco existían las palabras, puesto que la sonrisa era la misma en los labios que aparecian cerrados, curvilíneos entre líneas, dejando que los pensamientos se encontraran tranquilamente por la mirada de aquellos ojos intensos.
Le miro desde la altura que me da el estar de pie junto al colchón y espero que pueda comprender que me tengo que marchar, que tengo que comenzar la aventura de vivir otro día, y me responde expeliendo el amor por todos sus poros invisibles que hoy es un día de suerte, que hoy es mi mejor día, que todos los días son días de suerte, que todos los días son los mejores de mi vida, y así lo siento cuando amanece, cuando los rayos del Sol comienzan a despertarme para dejarme salir de estos sueños que cada día me acompañan, por orden de vivencia, esta noche acompañado de un ángel.
Miguel José
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Hoy al levantarte ¿has hecho el amor ó la guerra?, has dejado que tu mirada se pasee por toda la habitación, que tu mente estuviera tranquila y sin juzgar, que tu cuerpo se desperezara en la relajación de unos músculos que aún no han encontrado tensión, en el jugueteo de tus dedos con la sábana aún caliente de tantos sueños.
O por el contrario, tus pensamientos han aparecido de pronto con la fuerza de los huracanes, con palabras como ya es tarde, tengo que preparar la ropa, saltando de uno en uno sin dar tiempo a poder comprenderlos, entre unos ojos que aún no pueden distinguir entre la luz y la sombra, y un cuerpo que hace tiempo se ha incorporado sin entender que ya estás despierta.
Es mucha la diferencia, hacer el amor, pasear por las nubes sin marcharnos a las alturas, sin dejar de pisar la tierra con nuestro cuerpo apretando el colchón, envuelto por las sábanas que nos acunaron durante toda la travesía por esos mares sin agua, esos cielos sin fronteras, esas miradas desconocidas que ahora siguen mirándonos aunque nuestra mente nos diga que vamos por la acera de otro despertar.
Hace tiempo que deje de hacer la guerra, esa guerra que me hacía levantarme con el odio como objetivo, con la ira de llegar tarde, con la envidia de ver la felicidad en otros ojos, con los murmullos que me hacían más pequeño, con tanta carga que me hacía encenderme sin apretar el interruptor, viendo el rojo de unos ojos que se fueron aclarando sin entender porqué amanecemos por esas aceras, cuando la respuesta la tenemos dentro de cada silencio.
Pero es bonito entender que podemos hacer el amor y la guerra, que la guerra es tan nuestra como el hacer el amor, como la figura con sombra, y aceptamos todo lo que se nos entrega en el escenario para completar este guión que vamos construyendo a fuerza de enfrentarnos a un mundo que nos ama, que nos acepta, que nos completa y que sigue en nosotros por el resto de todo el tiempo, tiempo de ese que no se mide, tiempo que hace terminar cuando comenzamos y comenzar cuando terminanos.
Gracias pequeño universo por hacerme ver lo grande que encuentro estas palabras en el pequeño espacio que una hoja en blanco me ha permitido saborear y compartir con todos vosotros, chicos y chicas, niños y niñas, hombres y mujeres, seres que viven y reinan por los siglos de los siglos.......
Miguel José
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